domingo, 6 de enero de 2013

Un nuevo tipo de espectador... o un nuevo ser humano



Por César Hazaki (psicoanalista)

Texto extractado de un artículo que aparecerá en el próximo número de la revista Topía.

La cultura de la televisión se desarrolló en Estados Unidos –cuya hegemonía lo hace usina de la sociedad del espectáculo– y se expandió por todo el orbe (Raj Patel, Obesos y famélicos, Ed. Marea, Buenos Aires, 2008). En los años de 1950, en ese país, una de cada diez familias tenía televisor en su casa; en los de 1960, nueve de cada diez. Esta revolución de la imagen, que llevó el espectáculo al living, transformó los ejes de la vida familiar. El evento televisivo logró transformarse en el centro de atención. Las familias rápidamente tomaron la costumbre de comer mientras miraban la tele. El encuentro familiar pasó a estar dominado por la TV, pese a las recomendaciones de especialistas que instaban a separar la cena de la televisión. Esto fue ágilmente comprendido por la industria de la alimentación, que venía de producir enormes cantidades de comida enlatada para las tropas en la Segunda Guerra Mundial y necesitaba abrir nuevos mercados. Para ello inventaron la comida congelada. Bombardearon publicitariamente a las amas de casa con que cocinar ya no es lo importante, hace perder mucho tiempo. Y, como el espectáculo estaba dentro de la casa y había que prestarle atención al mismo, el dejar de preparar la cena se las convocaba a la libertad de ver más TV. Aparecieron las marcas de comidas congeladas TV Dinner y TV Brand Frozen Dinners. Las revistas femeninas de la época insistían en que los niños revoltosos, gracias al incentivo de mirar televisión, podían comer lo que su madre les diera, sin oponerse; el espectáculo en casa era tan poderoso que hasta podía disciplinar a los niños. La TV fue la ritalina de la época. En un largo y sistemático proceso que incluyó muchos cambios tecnológicos (como la incorporación del freezer), la comida en común fue abandonada como ritual familiar. Se privilegió la imagen de la tele. La organización de la mesa familiar se modificó al incorporarse, como integrante, el televisor, que también marcó la agenda: se pasó a hablar de lo que mostraba la TV. La tele era la que hablaba, los comensales se transformaron en espectadores y la TV en el tercer padre. Y este proceso que ha ido avanzando: hoy cada integrante de la familia come delivery, solo en su cuarto, mirando televisión y conectado a Internet. El cine había preservado para sí la condición de lugar ritual que requería la concentración del espectador. Al comenzar la proyección se debía respetar la oscuridad para no romper la ceremonia colectiva. Pero la costumbre de comer rápido para seguir mirando la tele abrió las puertas a otro negocio dentro del cine: beber y comer. Los dueños de las salas habilitaron la venta de comidas dentro del cine, y comenzó algo imposible de parar: los espectadores se lanzaron a comer como si estuvieran en su casa ante el televisor. Baldes de pochoclo, gaseosas, golosinas, hamburguesas, panchos. Hoy en las cadenas cinematográficas se encuentran: buenos asientos, buena imagen, excelente sonido y al espectador de la butaca vecina masticando pochoclo y bebiendo gaseosa. Y vendrán más cambios, esta vez de la mano de los usuarios de teléfonos celulares: cada vez son más los que se encienden en diversos lugares de la sala durante la proyección. Los usuarios contestan mensajes de texto, se resisten a apagar los celulares. Están atentos a dos pantallas: la del cine y la propia. En mayo pasado, Amy Miles, CEO de Regal Entertainment –la cadena de exhibición de películas más grande de Estados Unidos–, advirtió que, si bien su empresa no admite todavía el uso de teléfonos celulares, “si presentáramos una película que apelara a un público más joven podríamos cambiar este criterio” (www.acculturated.com). Esta empresaria está convencida de que la relación hiperconectada entre los jóvenes y sus smartphones no tiene vuelta atrás y de que se intensificará a medida que los aparatos se hagan más sofisticados. El tema se planteó en la convención anual que los propietarios de cadenas de proyección cinematográfica hacen en Las Vegas: allí se debatió sobre la estrategia para hacer volver a las salas cinematográficas a esos jóvenes que, antes que soltar su hiperconectividad permanente, prefieren no ir al cine. Estamos así en presencia de un nuevo tipo de espectador, que impondrá condiciones en la manera ver cine. Cinemacom trata de recapturar a esos adolescentes desertores de las salas, y busca soluciones: una de ellas sería disponer una pecera de aislamiento, como si fuera una sala para fumadores en cuyo ámbito se permitiría usar el celular sin restricciones. La otra es ofrecer funciones especiales, a mayor costo, para quienes quieren usar el celular durante la proyección. Se trata de hacerlos sentir como en casa haciendo zapping entre la película, los mensajes de texto y las llamadas de sus amigos. Si ya pueden comer en la sala, por qué deberían apagar la placenta mediática, presta y solícita las veinticuatro horas para alimentar al joven hiperconectado. Freud hablaba de los órganos auxiliares para referirse a los avances tecnológicos que el hombre se colocaba y que lo hacían sentir un dios. El decía que le costaba acostumbrarse a las prótesis tecnológicas, pero creemos que no es lo que ocurre con el celular. El smartphone hace actual el modelo propuesto por Donna Haraway en su Manifiesto cyborg, de 1985: el cyborg es un híbrido de máquina y hombre, un organismo cibernético, una persona conectada a una red. Hoy el cyborg –híbrido de máquina y hombre, organismo cibernético, persona conectada a una red– no es más una ficción: el celular es ya parte del cuerpo del hombre. Su presencia marca una profundización de la relación entre el corpus tecnológico actual y el cuerpo de las personas. Y este cuerpo mediático trae una nueva forma de subjetivación. Una nueva modificación del hombre, donde la mutación es por la incorporación de la tecnología web y sus máquinas de comunicar, que se introducen en el cuerpo y lo modifican. Hoy el cyborg –unión del humano con la máquina de comunicar más pequeña y potente que haya sido inventada– no puede sostenerse sin esas múltiples aplicaciones de la hiperconectividad provistas por los smartphones. Desconectarlo u olvidarlo genera una ansiedad muy primaria: como humano, se precariza, y con el celular vence la incertidumbre. Así se constituye el cyborg, un Popeye que comió espinaca y se cree seguro y listo para cualquier hazaña comunicativa. El celular, así incorporado al cuerpo, realiza una unidad más completa del cuerpo mediático, que había comenzado con la TV, para profundizarse con la revolución informática y alcanzar nuevas dimensiones con el orden de la telefonía celular. Ahora la placenta mediática puede ser requerida en todo momento y lugar. Los celulares son el cordón umbilical del modelo cyborg: adosados al cuerpo, se hacen parte de él. Y sin duda las nuevas generaciones, las infancias digitales que estamos viendo crecer, serán mucho más cyborg. Pero ya los cyborg hiperconectados no admiten restricciones a su afán comunicativo. Por eso el cine y el teatro son cada vez más un campo de batalla entre los que no aceptan los celulares prendidos y quienes no pueden prescindir del suyo. Estos, al olvidar apagarlo –típico acto fallido–, imponen condiciones a los otros. En el cine actual se hace presente el modelo televisivo: El celu-espectador aplica en la función el modelo que practicó frente al televisor: el zapping. Va de la película al mensaje de texto recién recibido y viceversa. Es decir que su atención es menos concentrada y requiere, por eso mismo, varios estímulos simultáneos; con la salvedad de que es más fiel a su conexión por celular que al ritual de la pantalla. Como el celular cuenta con vibrador, puede no irrumpir con su sonido, pero trata de imponer nuevas reglas con respecto al encendido y apagado de luces. Los nuevos celulares con leds tienen un brillo tan intenso que es imposible no prestarles atención. Y el espectador con su celular prendido no es anónimo, no trata de pasar desapercibido, como tampoco lo pretenden los que comen pochoclo de un balde: está dispuesto a romper la liturgia que conocíamos en el cine. En su prepotencia de cyborg, poco le importan los reclamos de los humanos espectadores (restos arqueológicos de la humanidad pretérita); él no quiere la oscuridad completa, no quiere estar atento sólo a la proyección, no quiere perderse nada de su mundo personal durante la película. En la sociedad del espectáculo, el cyborg no acepta ser espectador, quiere ser protagonista. En definitiva quiere hacer lo que aprendió y desarrolló en su casa viendo televisión: comer comida rápida, atender el teléfono y hacer zapping. El control remoto era una herramienta, todavía fuera del cuerpo, aunque no se soltara de la mano. El celular es parte inseparable del propio cuerpo: va con él a todas partes, se escucha directamente en el oído, se habla con él más que con quien se viaja o se trabaja. El celular constituye una nueva especie de humanidad, y los cyborg muestran las nuevas formas de subjetivación condicionadas por la tecnología.

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